Bandera pirata

Son las 9 de la mañana, de hace unos meses, estoy desayunando en la terraza, cuando diviso en el horizonte del barrio una bandera pirata ondeando libre al viento, negra, con la calavera blanca riéndose del mundo y las dos tibias cruzadas como una amenaza. Esa mañana sopla un levante furioso de modo que la risotada pirata parece una burla sarcástica. En ese momento no sé que pensar, con la boca llena de muesli y la mano derecha asiendo la cuchara sopera mi única reacción es un movimiento bobo de la mano izquierda, de incredulidad. Sonrío a la calavera, y busco en qué azotea o balcón de la ciudad está colocada. La torre de los bomberos. Los bomberos han izado una bandera pirata en lo más alto de su torre roja de metal, por la que suben y bajan corriendo para hacer ejercicio. Y donde, por lo visto, colocan banderas piratas.

Los bomberos de Málaga llevan en guerra contra el Ayuntamiento unos cuantos meses, diría que más de un año ya, y parece que va para largo. Desconozco los motivos exactos de su lucha, pero el caso es que me caen bien, me solidarizo con ellos; levantar banderas piratas como señal de lucha a estas alturas de la Historia puede que no esté bien visto, incluso se puede ver como algo ingenuo, pero tiene mucho de romántico y, por qué no, también de heroico. Se levantan banderas de todo tipo hoy en día: el arco iris de respeto, esteladas de odio, barradas de todos los colores o blancas de paz, algunas enormes que cubren gradas de estadios, o diminutas que flamean en mástiles de veleros abandonados, pero no banderas negras con una calavera tuerta y sonriente.

Y desde entonces la bandera pirata de los bomberos de Málaga también me sirve para controlar el viento, de un rápido vistazo: Terral, Levante, Poniente o Sur. Y cada mañana es un punto oscuro en el horizonte cercano, recordatorio de que aún hay Dignidad, de que un grupo de trabajadores públicos han decidido levantar una bandera para que ondee en lo más alto de su Honra. Y estoy convencido de que no la arriarán hasta que no ganen la guerra. Me caen bien estos piratas del siglo XXI que no van a dejarse el pellejo por un botín, solo levantan su bandera para salvar su honorabilidad, y de paso nuestra vida. Sigue leyendo

Atemporal shimano

Suena Chet Baker, Time after Time, una y otra vez. Suena por la mañana, una mañana amplia de octubre, sin horas, tranquila. Pasan las nubes lentas y el piano marca un compás limpio, el sonido de la trompeta viene como una brisa.

Su propia brisa.

Un descanso en el trabajo, estoy en casa y de una palmada cierro el portátil. Cojo la libreta roja, el lápiz, y salgo a la terraza. Llega el jazz atenuado desde el interior, el piano sube el ritmo pidiendo paso. Surge una voz íntima de fondo, de hombre. Joe Barbieri canta lento, sin prisas. Le sobra el tiempo. A lo lejos, muy al norte, se iluminan los acantilados del Torcal.

Vivo a las afueras, por donde pasan esos hombres que huyen, vivo donde muere la playa, donde planean los cormoranes buscando la noche, pasa la gente en charla automática y malediciente, vivo donde se cuela el aire del mar entre los eucaliptos. Cuando sopla fuerte se detiene el piano y sube dos tonos Barbieri. Huyen los hombres, de su propio silencio, conducen o caminan a prisa, ocupan todos los carriles, pero no generan brisa, tanto ruido solo genera temor, y mas prisa.

Ahora les acompaña una mujer, va delante con una bandera blanca, va ahogando el sonido del viento, el ruido de la misma huida. La mujer les indica el destino de la marcha, hacia el destierro les grita, y aprietan la marcha todos a la vez. La voz femenina asusta a Barbieri, pero no puede con el piano de Baker.

Los hombres a la huida arrastran el ruido de sus palabras, de sus máquinas demenciales. Y el silencio, viejo diablo, siempre esquivo, no se deja atrapar tan fácilmente. A esos hombres, que arrastran el ruido como cadenas de presidiario, se les hunde la orilla a cada paso, el oleaje no les sopla, y sus piedras son rocas calizas que se desmoronan con el viento. Dejan la ciudad sola, callada, en silencio. El carril bici queda vacío. Para mi holandesa, para mí.

Palabras, máquinas, frases interminables, artefactos a motor de combustión, inventados por ellos mismos, parrafadas que queman, pistones y bielas engrasadas, mecanismos autónomos y contaminantes. Como un ejército de madrugada, con la furia desatada a la altura del telepeaje, las tarjetas de crédito levantando barreras solo para huir mas a prisa, solo para seguir a la carrera. Un run run parlanchín, hombres guiados por mujeres de lengua hastiada, un palabrerío sin fin hacia el argumento definitivo que supuestamente acabará con esta conversación mercantil, en una explosiva fusión. Y las víctimas… yo… en los arcenes de la insumisión. 

Vuelve el silencio, la voz de Barbieri, el piano de Baker, para quedarse en la ciudad callada, en  estas afueras mias, con la orilla repuesta ya por el oleaje.

Termina el jazz dando un salto a la bicicleta. Rendido a ella, como dos enamorados, mi holandesa y yo recorremos el paseo de poniente todas las mañanas, atrapando el silencio, time after time, una y otra vez, hacia las grúas del puerto, a la caza de la felicidad que genera nuestra propia brisa, el carril rojo y desierto, los oasis entre nosotros y el mar, la vida sin añadidos. El Silencio llega al mundo en bicicleta, sobre un rumor de cadenas limpias y timbres de metal viejo, el clack atemporal de Shimano, cambiar de ritmo sin necesidad, el deseo girando con los pedales. Sale un crucero del puerto hacia el Atlántico, va sin prisa. A lo lejos van los furiosos conductores con la mujer gritando al frente, la bandera sucia de polución, se alejan de las afueras, corren hacia su teclado suave y envenenado, hacia la telaraña social de FB.

El silbido adicto del mensaje de WhatsApp, que se va convirtiendo en el sonido de la Eternidad.

Son diez kilómetros de ida y vuelta y siempre nos volvemos a casa sin la felicidad, pero la holandesa me guiña con su faro cromado: nos basta con seguirle el rastro, al ritmo de Chet Baker, Madeleine Peyroux o  Gianmaria Testa. ¿Nos llegó la sal de mar, no? pues de eso se trata, la felicidad sin buscarla, sentir solo su rítmico equilibrio, el rumbo hacia las grúas del puerto, sobre el carril bici zigzagueante. Que huyan, que griten, que hablen sin parar, nosotros seguiremos enamorados, echando vistazos a los lados del paraíso.

Acabamos en el oasis de siempre, nos tumbamos bajo nuestra palmera, me abraza con su manillar curvado, me rodea con su cálida estructura negro mate, y miramos al mar del otoño. Cuando tengo los ojos cerrados siento que me coloca los auriculares, puedo leer sus labios: “escucha esto, Heroes & Saints de Nickolai Grandjean”. Y la felicidad vuelve, con su propia brisa.

José María Sánchez Alfonso. Octubre 2016