Cinco días de diciembre

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SÁBADO, LAS LIBRETAS AZULES DE AUSTER

El último día en Lisboa lo dedicamos a buscar la Papelería Palacio do Papel, donde Paul Auster compró las libretas azules que luego vendía el señor Chang en La noche del oráculo. El dueño de la solitaria librería Anticuaria, en el número de al lado del Largo do Calhariz, sale a regañadientes de su penumbra y en voz baja me dice que cerraron hace un año, apenas sosteniendo la mirada. Resignado a la próxima desaparición de las tiendas antiguas del Chiado, de su librería, de sí mismo. Siento vergüenza por haber preguntado y me despido con un “obrigado, bon día”.           

Sin libreta azul. Tomamos una Bica en el mirador de Santa Caterina con vistas al Tajo y el puente. Esta ciudad es una conversación en susurros, Lisboa es poesía, calzadas empedradas en blanco y negro, kioscos donde cae la lluvia fina del invierno. La última noche nos parece que la cúpula de la basílica da Estrela rasga la neblina y toca estrellas que no vemos. En Portugal nada se puede asegurar, las cosas simplemente suceden o no.

DOMINGO, 25 DE ABRIL 

A las 9 ya volamos sobre el Tajo, manteniendo el coche en el carril central del puente 25 de abril, por mi temor a sentir vértigo. Joanna mira por mi, y dice que la ciudad, abajo, despierta preciosa, y comenta algo sobre el océano verde al otro lado. El sol de invierno a duras penas aparece sobre las colinas de Almada, al sur. Aceleramos hacia el Alentejo, pensando en un galao en Beja. Una autopista vacía, una carretera secundaría entre vacas y ovejas, hileras de olivos enanos.        

La tormenta Ana nos pisa los pies, empujando. Llegamos a casa para cenar. Cocino un risotto de verduras y mientras muevo el arroz pienso en Lisboa. Quiero volver, aunque haya cerrado el Palacio do Papel, aunque ya no pueda comprar una libreta azul jamás. En Málaga no cae esa lluvia fina tan melancólica, pero decido que aquí se vive muy bien. Después de esa decisión sirvo el risotto, mientras comemos en silencio cae la noche, y llega Ana con su estruendo.

 LUNES, TAMBIÉN CAEN LOS ÁRBOLES

 Si caen los prejuicios cuando vuelves de un viaje, si caen las certezas a poco que te pares a pensar, ¿cómo no van a caer los árboles con una tormenta? Cayeron esta madrugada. Suenan unas sirenas de bomberos, me monto de un salto en mi holandesa negra y cruzo el parque húmedo y todavía vacío.

 Va lenta la mañana, le cuesta. Pedaleo con cuidado porque hay agua en el albero y las aceras. Me gusta esta época del año cuando los días son breves, luminosos, y las noches largas y oscuras. Es la respiración rítmica del invierno. El pedaleo solo rasga levemente esa respiración, por eso monto en bicicleta. En la cola del supermercado, ninguna ciudad es como Lisboa, ¿dónde hay plazas oceánicas con cafés nórdicos?, ¿qué otra ciudad tiembla al paso de eléctricos atiborrados? No pude traerme una libreta azul, pago por fin en la caja y pedaleo de vuelta por el parque húmedo, y todavía vacío.

 MARTES, MAR O FADO

Ha sido una auténtica noche de invierno, larga y oscura. Tuve que elegir, en un sueño absurdo, entre el mar y el fado, cuando levanto la persiana ya ha amanecido y ahí está: el mar. Desayuno solo, en frente los montes que rodean la ciudad surgen poco a poco, se iluminan de luz tibia y fría. Más a lo lejos se elevan los picos de la Axarquía, debajo imagino que hay un mar, recojo el desayuno y conecto Spotify, busco a Ana Moura que canta Fado Alado. Hoy ha sido un día de suerte: unos nórdicos, daneses, quieren usar mis servicios para comprar una casa en Ronda. Para celebrarlo, al final de la mañana me voy a nadar. La piscina olímpica está a 27,5 grados. Consigo hacer solo 16 largos; esto no es el Tajo, que sí empuja. Tampoco las aceras están empedradas ni la calzada adoquinada, me recuerdo que estoy en Málaga. Ha amainado el viento y ya no suenan los bomberos.

MIÉRCOLES, JAZZ NÓRDICO

Otro amanecer helado, cinco grados. Me abrigo bien y me voy en metro al centro, he quedado con mi madre. Se agradece el calorcito del tren y el gentío en los andenes. Hoy mi mujer está en Marbella, así que como solo; descongelo el risotto que sobró el domingo y en vez de poner el telediario decido conectar el equipo de música, de modo que no hay matraca de las elecciones catalanas sino que suena el piano y el saxo del Espen Erikssen Trio, puro jazz nórdico. Muy de invierno. Contemplo los tejados de la ciudad, no son los tejados rojos de Lisboa, pero ninguna ciudad es como Lisboa, eso ya me quedó claro y sin embargo me vuelve la idea. Las montañas siguen oscuras por la lluvia caída hace dos días.

La tarde pasa lenta a pesar de que ya llega la noche, es una tarde de invierno. Días breves y luminosos. Voy a la olímpica de nuevo, me dice el socorrista que hoy está a 28,2 grados. Al otro lado de las cristaleras ya es de noche, una noche imposible, inmensa y sin luna, pero sigo nadando hasta hacer 20 largos. Nadar es cíclico. Vuelvo a casa, dejo que suene bien alto Esbjörn Svensson Trío, más jazz nórdico que se adapta al ritmo del invierno. Suena la maravillosa From Gagarin’s Point of View y subo el volumen, el éxtasis.

INVIERNO

Siendo otoño se puede adelantar el invierno, lo hace cuando cae la nieve, cae la noche antes, y se abren las páginas blancas de la trilogía de Jon Kalman Stefánsson. Para mí es el tercer invierno, porque he decidido empezar El corazón del hombre, el tercero, donde me imagino que pasará la tormenta, y surgirá Islandia. No es Lisboa, pero da para reflexionar. La larga noche de invierno, quiero decir.

© José María Sánchez Alfonso (con todo el cariño para mis amigos de Marbella Activa)

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