
Siempre tuvo algo de mágico. Eso de que los sonidos navegaran por el aire y surcaran la Tierra sin cables era un portento. El milagro de Tesla, Popov y Marconi no se sabía muy bien como funcionaba. Pero lo cierto es que de aquel aparato, una especie de arcón de ciudades remotas, con teclas de nácar como muelas de hipopótamo y unas ruedecillas, salían voces. Y músicas.Hasta desde Sarrebruck, que era la primera lucecita de la colmena del dial.
La radio presentó sus credenciales en España cuando Alfonso XII, allá por 1925, pronunció un aflautado “señoras y señoras radioyentes…”. Dos años antes, Radio Ibérica había emitido una hora de música en directo. Una orquesta de grillos que embobó a los pocos que pudieron costearse aquellos baúles parlanchines. Llegaron a las casas junto con las neveras y la Singer de coser a pedal. Los primeros electrodomésticos. Muebles; pero fue la radio quien se ganó el corazón de la casa. Tenía vida propia. Perezosa en arrancar, había que calentar válvulas y necesitaba un transformador, una pesa bobinada que se colocaba en el suelo. Daba tiempo para retirar el paño de ganchillo y las reliquias de la familia: fotos, estampitas y souvenirs, que se ponían encima. No había velas —menudo peligro— pero parecía el altar de la familia.
Las radios olían a cretona y sonaban a Foxtrot. Pero saber de otros, saber qué pasaba en el mundo casi de forma instantánea, fue la primera conquista de las ondas. Noticias. Pasada la Gran Guerra, donde se utilizó en las comunicaciones morse; en la II Guerra Mundial, ya con palabras, informó de batallas, victorias y desastres. Sucesos que compartían espacio sonoro con programas de entretenimiento, sobre todo actuaciones musicales. Un barullode sintonías con voces y sonidos que parodiaban los gañidos de Al Johnson en el cine sonoro. En España cobraron un auge inusitado los programas de variedades, los concursos, los presentadores engolados y los discos dedicados. Por cumpleaños, santos, noviazgos, milis, emigrantes… Una emisión de la canción «Cuatro cascabeles», la de mi caballo, necesitó cuatro horas seguidas para las dedicatorias. El cordón umbilical de una generación.
Los folletines y los seriales paralizaban el país. No había tele, demasiada gente no sabía leer ni escribir, pero quedaba prendada de dramatizaciones como la del Conde de Montecristo y con los seriales. Inefable Ama Rosa. Sautier Casaseca era más famoso que Blasco Ibáñez. La radio, conforme la técnica avanzaba, perdió chisporroteos eléctricos. Las cabalgatas de Bobby Deglané, las retransmisiones deportivas con el zenit del carrusel de los domingos, o los consultorios femeninos marcaron época. Un solista no era nadie si no cantaba en un estudio. O en el teatro. En directo, cara al público. ¿Y los anuncios? ¿Qué me dicen de aquellos estribillos de la infancia que todavía nos persiguen? «Yo soy aquel negrito del… Cola-Cao» (hoy impensable), o el borreguito de Norit . Los había pedantes: «Volverán las oscuras golondrinas y hallarán Gallina Blanca en las cocinas». Y Soberano, en la copa. Cuando La Pirenaica dejó de emitir desde Bucarest; cuando la radio, el transistor, cabía en una mano; cuando la tele soltó la primera tarascada, la dieron por muerta. Pero aquí sigue. La historia cercana se la conocen. Nos la ahorramos. Porque va de lo mismo. En el fondo, por más digital, rebobinable, interactiva, que ahora sea, la esencia es la misma: la palabra. La palabraconversada. Nacimos transmitiendo conocimientos, experiencias, sabiduría en torno a un fuego. Cuentos y leyendas. Tanto después, las familias se reunían en torno a los radio armarios.
Pero, permítanme, también es una sensación física, tangible. La radio se palpa. Exige la cercanía. No es etérea. La necesitamos con nosotros, tenerla a mano, llevarla encima. Si no hay radio sin micrófonos y ondas, tampoco existe sin altavoz. La radio nos faculta, más que a curiosear, a palpar el mundo. Nos tiene que merodear. La radio abraza y permite abrazar. Forja nuestra verdad e hilvana una memoria maquetada con recuerdos sonoros. Diría que gran parte del archivo sentimental de tu vida te llega del cielo.
Miguel Nieto es periodista, escritor y miembro de Marbella Activa.



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