
Tras una somanta de agua ando por el paseo marítimo con la sensación de flotar como un corcho entre losetas. Hasta que llego al Guadapín, que es la medida de todas mis aguas. El punto al que acudo después de una tormenta que haya descargado con ganas, y que me lo engorde. Tengo a mano su desembocadura y se ha convertido en una costumbre feliz porque uno de los mayores placeres de la vida es arrimarse a una vena de agua. Verla pasar. Verla correr y, sobre todo, contemplarla briosa. Agua que empuje. Más pícara que la mar. De nuevo, era el caso. Agua turbia que viene cargada de sedimentos que nutren la playa. Lástima que ya no tenga el verde que la flanqueaba y que sólo se pueda acompañar el arroyo hasta donde lo convirtieron en bóveda. Sepultaron su puente, junto al que se levantaba la ermita de San Nicolás, para mejorar la carretera. Recuerdo el pinar junto al don Pepe, aledaño a la huerta de Casablanca, y en la otra orilla, vagamente, la huerta de Las Merinas. Ahí había una noria para regar los cultivos y, muy arriba, el molino de Villafañe, ahora objeto de una titánica reivindicación de sus restos abandonados. Merece la pena caminar por este pequeño tramo, aunque destruyeran no ya su entorno sino el mismo cauce, ahormado con un lecho y taludes de cantos rodados y con un camino de piedra que tiene un llagueo que parece literalmente una llaga. Pasear por los cauces perdidos. Por los cauces olvidados.
La playa se ve dañada en lo que, a la postre, no deja de ser un recuerdo de que al agua tiene sus caminos y que sepultarlos bajo las calles no impide que recuperen su curso natural. Las playas, producto de una regeneración fallida, muestran troneras que coinciden con cauces de los que ya no nos acordamos. Mucha gente se sorprende de estas descarnaduras, que obedecen al mapa de los arroyos sojuzgados por el crecimiento de la ciudad. Tras la batalla de truenos y trombas, las vías de agua han dejado al descubierto canalizaciones, que nadie ha sabido explicar cómo diablos se guiaron por ahí, y a las hamacas se les ha abierto la tierra (a fin de cuentas, más tierra que arena tenemos) bajo sus pies. Nada nuevo bajo el sol tras la tormenta. Volverá a ocurrir. Es más, si llueve lo suficiente, las calles y avenidas se convertirán de nuevo en ríos porque los tienen debajo. Los embovedados no tragan con tanta rapidez y la torrentera busca su ruta. Como antaño. Me he preguntado muchas veces qué hubiera sido de Marbella si hubiéramos conservado su alma dendriforme. Sus escarpaduras, puentes y arroyos a cielo abierto. Una ciudad de colinas, agua y verde. Quizá la obra más colosal, más costosa y más dilatada fue el embovedado del arroyo de La Represa, que se hizo en tres fases a partir de los años 80. Su víctima más dolorosa, el puente Málaga donde desembocaba el camino desde la capital y abrevaban las bestias. También la Barbacana, que derribaron cuando la ruina, producto de la incuria, era irreversible. El arroyo de Las Represas (en plural), o de las Tenerías (que las hubo) sucumbió al progreso. Embovedarlo y rellenarlo fue complicado porque tajaba la ciudad. Una buena falla. A un lado, el casco histórico intramuros con su castillo; y al otro, El Barrio, donde las huertas y corrales de las casas daban al río, que servía también de lavadero. Las sábanas tendidas lucen en las fotografías antiguas como gelatina de plata. El pasado no es idílico. Los paisajes urbanos, tan ligados a la pobreza, tampoco. Pero mienten, o entienden poco, aquellos que confunden la nostalgia con lo caduco, con tiempos pasados nunca mejores —cierto— que hay que desechar. Nostalgia entendida como tristeza, como melancolía (Malenconía, debería decir yo), como rémora. Recuerdos ñoños, te dicen. Mas no es verdad.
Imaginar escenarios que nunca serán pero que pudieron haber sido de otra manera es una herramienta útil para adivinar futuros que serán y que podemos evitar o, al menos, replantear porque aún estamos a tiempo. El desarrollo de una ciudad es un ejemplo palmario. No sé si el planeamiento que nos han aprobado cumplirá las expectativas. Sobre plano, todo parece maleable. Soñar la ciudad perdida, aunque parezca fútil e inviable hoy, es una práctica que ayuda a entendernos. Delimita nuestros contornos, las lindes de la existencia de la comunidad. Rememorar es aprender.
Pongamos que hablo del Río Huelo. Aquí perdimos cauce y toponimia. La avenida del Mercado discurre por encima y, luego, la calle Huerta Chica, donde efectivamente existió esa huerta, con la que lindaba. Era un río a ratos poderoso, igual por eso no lo nominaron arroyo. Y pestilente, porque se vertían las aguas negras. El río Huelo, también de La Tejuela y Grajales, tiene un recorrido, ahora invisible, prodigioso ¿Saben que discurre paralelo a Ramón y Cajal, por donde el hotel San ‘Crist-Óbal’? Igual sí, pero de seguro pocos lo hemos visto ¿Y que luego se une al de Las Represas, al que también modificaron su desembocadura? Ambos cauces delimitaban la ciudad amurallada. El río Huelo, al oeste y al sur; y el de Las Represas, al este. El huelo marcaba el Barrio Alto, o más concretamente sus aduares, hasta toparse con la muralla de la ciudad. Donde Huerta Chica y Peral había un paso de piedras entre las fraguas de Lozano y Currito, que fabricaba la puntas para los trompos de los zagales. El río bajaba hasta la esquina donde ahora Ramón y Cajal se convierte en Ricardo Soriano, y giraba hacía el este convertido en foso de la muralla sur de la población. Lo lógico es que desembocara por el sur, por Miguel Cano pero los estudiosos creen que se forzó el cauce para crear el foso defensivo. En la ciudad medieval no había nada construido entre la muralla y la orilla. Terreno diáfano para apercibirse de los ataques desde la Berbería. Mucho se habló de construir un puente y, después, del embovedado, que se ejecuto finalmente en 1946 permitiendo, gracias también al derribo de la deteriorada muralla, la construcción de viviendas.
Una ciudad de agua. Marbella es un hontanar donde a poco que pinches sale un pozo. Casi todas las casas tenían el propio. Alguno se conserva, fuera de servicio. Estas lluvias torrenciales que reviven nuestros arroyos, aunque sea bajo el asfalto, nos recuerdan el territorio que fuimos y que, en cierto modo, seguimos siendo. Cuando vean calles como ríos, charcos como plazas y sótanos anegados pregúntense por qué. Guadapín (así lo llamaban los antiguos, y en apócope Guapín) aún es el más genuino (¿podríamos decir virgen?) de todos los que atraviesan la ciudad. Nace bajo el pico de Juanar, baja en pendiente y excava un soberbio cañón que se aprecia a la altura de Xarblanca. Por suerte, no han tenido tiempo de jorobarlo. Existe un proyecto para crear una senda peatonal, colgada al modo del Caminito del Rey. Me imagino el fragor que lleva cuando subo la escalinata y me alomo donde el Palacio de Ferias. Piso de nuevo asfalto y dejo de ser corcho flotante. La única levedad que resta es el vuelo de las gaviotas, que aún recelan del mar cabreado y permanecen tierra adentro. Donde el agua ya no corre.
Miguel Nieto es periodista, escritor y miembro de Marbella Activa.


Leave a Reply