
La garceta ha vuelto a la desembocadura del arroyo de Las Represas. De su embovedado. Creo que es una garceta común y no sabría decirles si es la misma que he fotografiado, a menudo, en las lajas de la playa de La Fontanilla, ese manantial que sepultaron entre cemento y arena de afilar, que aún pugna con mala fortuna por recobrar su ser. Esa garceta blanca suele aparecer a marisquear, o a hacerse la ilusión de que lo hace, en jornadas soleadas. La muy esquiva se suele colocar de perfil, y hay que esperar, o moverse con tiento, para cazarle una silueta nítida cuando picotea. Si es la misma, la de esta mañana hace otro tanto, pero se la enfoca mejor. Su blanco resalta en un día de aleaciones metálicas. El arroyo viene encabritado y casi se diría que limpio. Tanta agua desatasca cualquier cañería, incluida una bóveda de cañón industrial. Un embovedado fluvial nada artístico ni en su desembocadura, que parece un vómito de espuma sin la más mínima gracia. Potente, sí, El arte queda —si algo queda— para el puente Málaga, que también lo sepultaron. Esta ciudad tiene esta pulsión: sepultar el pasado o dejar que se derruya solito. Todo lo más, un enfoscado de caridad que no llega ni a los conventos.
Algunos juegan con sus perros en la playa, y otros pocos aprovechan que ha dejado de caer la mundial para andar con cuidado por el paseo marítimo, convertido en una pista de patinaje sobre algas. Igual no lo son, pero lo parecen ¿Habrán llovido sargazos y no nos hemos dado cuenta? Hecho en falta el buldózer alisando la arena. Ya tarda —me malicio—, pero supongo que por una vez, van a esperar a que el tren de borrascas, que como el otro viene con retraso y retranca, se pare en cualquier andén que no sea Grazalema. No obstante, el mar no parece demasiado embravecido. El poniente no se ha calmado del todo. Lo veo a lo lejos, tomando carrerilla. Mañana, o seguramente esta noche, volvemos a las andadas. O mejor, a las chapoteadas. Los edificios del paseo marítimo se reflejan en los charcos, que uno esquiva como si fueran viejos conocidos, pelmazos de esos que no te sueltan hasta ahogarte con su palabrería.
Vuelvo a casa. Los ríos a n d a n d e sma d r a d o s p o r Andalucía, y mis fabes siguen duras. Debe ser por el agua, que he utilizado la del grifo y ya se sabe que no se cocinan bien con aguas calizas. Duras, decimos. Igual debería haber cogido un balde de cualquier lagunar, pero los sargazos me sientan fatal. Son indigestos. Puré de fabada con arroz no suena del todo mal si lo aderezo con unas hebras de azafrán. El Guadalquivir pasa por Cordoba casi cegando sus ojos romanos. Los ríos Guadalete, Guadiaro y Genil anegan campos y pedanías. Hay mucha gente desalojada de sus riberas, quizá de territorios cuya memoria los ríos recuerdan y ahora reclaman. Grazalema se aparece, desde una vista aérea que muestra la tele, que veo en el móvil en la cocina mientras le meto más candela y un hervor desesperado al guiso, como la boca de una ballena echando agua por sus barbas después de engullirse toda la montaña. Todita entera. De caliza. Dura. Hasta que se desgaste y devenga en gruta. Pero para eso hacen falta millones de años. Como para que mi fabada se ablande.
Imparten clases apresuradas de Geología mientras los comentaristas hacen gala de un doctorado que Mariano Medina nunca
les falsificó. Ya no hay nadie en Grazalema, pero repiten hasta la saciedad las imágenes del agua correteando por las casas y embalsando plazas. Las alcantarillas como géiseres. Muestran con delectación — « ¡ M i r a , m i r a ! ¡ Q u é pasada!»— la del agua saliendo p o r l o s e n c h u f e s . A espumarajos. Que el pueblo está sobre un karst, dice la presentadora, que tal como lo pronuncia, «Cars», debió p r i n c i p a r e l o f i c i o retransmitiendo carreras de coches. Locos. Como el agua, que corre tronada. Antes de que se me colapse el nivel freático de las fabes, apago el teléfono. O sea, la tele. ¿Cuanto falta para que nos enseñen un lapiaz ahogado, sin cuchillas con que rastrillar tanta agua?
Una tromba reventó en 1969 el embovedado del Río Huelo. Cayeron doscientos litros por metro cuadrado. En un santiamén o quizá en todo un largo día de Octubre. Lo documenta Tico —nuestro archivo fotográfico ambulante— en el portal «Historia de Marbella» de Facebook. Rompió en el cruce de Huerta Chica con Ramón y Cajal. Un Dos Caballos (¿Se escribía así? ¿CV2?) parece flotar sobre el agua. MA 61603, quién lo diría. Miro las fotos y hago memoria. Sí, quiero recordar que yo viví mi Grazalema particular cuando en la calle Tetuán el agua entró por la puerta de casa y recorrió de largo el salón para salir por el patio, donde el desagüe no daba abasto. Un río marrón, que encenagó toda la planta baja. Lo veía pasar, entre incrédulo y divertido, a la ribera de Levante, subido en un taburete cerca de la cocina, donde muchos años después montaría mi laboratorio fotográfico. Oscuro como quedó la zona tras el apagón. O igual sólo saltaron los plomos. No sé, quinqué hubo que encender. Nunca vi nada igual. El agua de Grazalema se ve limpia. Proviene de la roca. Bueno, la regurgita la roca. Manantiales invertidos. Llueve no sobre mojado, sino del mojado.
El puré entra calentito. Lo que me entra. Como no lleva chicha alguna, el arroz sabe viudo. El azafrán da un toque exótico más que sápido. Culebrinas de un rojo desvaído atrapadas en grumos movedizos. Menuda plasta. Tenía que haberle echado gaseosa para sorberlo con una pajita, pero ya no tiene remedio. Como este tiempo galvanizado. Cuando empezó a llover me dije que en cuanto escampara habría que ir a ver los manantiales reventones, los ríos musculosos, la alegría del agua verde. De eso hace más de un mes y aquí sigo: esperando. Y, ahora, temiendo unas ventosidades que no se parezcan a los sismos de Grazalema.
Miguel Nieto es periodista, escritor y miembro de Marbella Activa.



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