Ahora que eres recuerdo

Ahora que eres recuerdo es el relato ganador de la VI edición del concurso de relatos Marbella Activa de José Federico Barcelona Martínez. Desde Marbella Activa le queremos dar la enhorabuena por alzarse con este primero premio patrocinado con 1.000 euros por la Fundación Fuerte al igual que trasladamos nuestra enhorabuena al segundo y tercer premiado, Juan Manuel Sainz Peña y Esteban Torres Sagra al igual que al resto de finalistas y participantes de esta concurrida edición y, como no, al resto de patrocinadores como es la tienda DOLIVA y al jurado del concurso por su gran trabajo. Dentro de poco tendremos publicado «Los relatos del 19» con una selección de los 10 relatos finalistas.

AHORA QUE ERES RECUERDO

Veo a Phil siempre.

Lo veo en la cafetería del Parque de la Constitución el sábado doce de mayo de 2018. Me espera. Está leyendo. Lee constantemente. Una niña pasa a su lado y Phil la mira. Revolotea como una mariposa, distrayendo su atención de la lectura. Va vestida para recibir la primera comunión esa mañana. Sus padres, sencillos y orgullosos, la siguen. Ella es hoy la novia, la reina. Nosotros vamos a tomar el L79 hasta Puerto Banús. Desde allí caminaremos hasta San Pedro por el sendero litoral, un tramo que casi habíamos olvidado. Felices en nuestra vejez.

Veo a Phil otra vez. Sostiene una cerveza mientras me lo dice. Yo le respondo, “¿Vivir juntos?… No deseo otra cosa, tonto… Solo tienes que esperarme un año”. Tenía veinte años, yo diecinueve. Recuerdo el tres de agosto de 1963 como si fuera ayer. Otro sábado gris y lluvioso en Liverpool, aún siendo verano. Fue la última actuación de The Beatles en The Cavern. Todo el mundo lo recuerda por eso, y por la pelea de John. El disc-jockey del club dijo con sorna por el micrófono: “Hola, John, ¿qué tal tu luna de miel en Torremolinos?”. Lennon, enfurecido, se abalanzó sobre el chico y le golpeó. No permitió que se dudara de él por haber pasado dos semanas del verano con Epstein, su manager gay, en aquel lugar remoto de España.

John no hizo lo correcto. Eso pensamos, ¿recuerdas, Phil?. Unos años después, proclamaba el amor libre, defendía la paz y denunciaba el infierno de Vietnam metido en una cama con Yoko: “Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día”. Entonces, John no se habría sentido ofendido por aquel tipo, ni mucho menos le hubiera pegado, pero en 1963 todavía era un chico rebelde de barrio que había tenido una infancia difícil, y aquella noche salió el machoteque llevaba dentro. Esa década nos hizo cambiar a todos. A John, a ti, a mí… Tanto cambió el mundo… ¿Y qué queda ahora, Phil? ¿Qué queda de todo aquello? 

Empezamos a ser felices aquella noche, mientras John y Paul presentaban She Loves You, nada menos. “Y con un amor como este sabes que deberías estar contento… She loves you yeah-yeah-yeah”, cantaban. Alzada sobre la punta de los pies, yo te susurraba esa frase mientras te comía a besos. Qué ironía, un disc-jockey envidioso nos metió en la cabeza un lugar al que llamaban The Sun Coast. Y el siguiente verano fuimos libres. ¡Qué fácil era ser libre con veinte recién cumplidos! Llegamos hasta Marbella en nuestra preciosa Triumph Tigress del 59, una scooter de mockers, como Paul definió diplomáticamente a The Beatles. Ni mods ni rockers: mockers. Ni con una ni con otra cultura juvenil: con las dos. Eran unos chicos listos, siempre lo fueron.

Convertimos a Marbella en nuestro hogar. O nosotros nos convertimosa Marbella, no lo sé, porque en los sesenta Marbella empezaba a ser una religiónpara chicos listosy famosos. ¿Cuántas marbellashemos conocido desde 1964, Phil? ¿La Marbella del Glamour?, con mayúscula, la loca y lujosa Marbella de aquellos años, la que el régimen de Franco mimaba y entregaba al turismo. ¿La de Mr. Corruption Gil?, la de la clase media, icono distorsionado de una España democrática que tomó el aire a bocanadas demasiado grandes sin saber cómo expulsarlo. ¿La Marbella de hoy?… No quiero recordarla. ¿Qué es hoy Marbella, Phil? No sabría definirla, no la reconozco. ¿Una trampa? ¿Un laberinto? ¿El paraíso del anonimato y los mercedesa tocateja en manos manchadas? Marbella siempre ha sido un exceso. Un exceso de cualquier cosa. Siempre a lo grande. ¿No es cierto, Phil? ¿Y ahora qué me queda? Ahora que ni siquiera puedo decir ¿qué nosqueda?… No quiero volver a llorar… No más llanto… Pero ¿cómo desterrar este recuerdo cercano?

Veo a Phil. Y sonrío al fin. Miro a la mujer del espejo y veo su rostro iluminado.

  1. Hall del Meliá Don Pepe, un palacio en el olimpo de los dioses del glamour. Y Phil, alto como un dios, con pantalones cortos, camisa abierta hasta la mitad de su pecho lampiño y sandalias, pidiéndole al estupefacto recepcionista una suite: “the room with the highest price, please!”, en un correctísimo inglés radiofónico de la BBC. Y el pobre hombre nervioso, sin saber qué hacer ni cómo deshacerse de nosotros. Éramos intocables porque, de cualquier forma, éramos británicos de verdad con pasaporte de su majestad en la mano. Si hubiéramos sido españoles el hombre habría sabido a qué atenerse y cómo reaccionar, pero éramos turistas británicos-suecos-alemanes, y había reglas. Para los españoles también, pero eran otras reglas. Nosotros invadíamos su espacio, suOlimpo, y nos burlábamos. Era nuestra forma de oponernos, de ser rebeldes, countercultural. Inocentes, simpáticos, un poco hippies.

Supimos qué era Marbella. Y quién era. Los diosespaseando por el pueblo, observados por mujeres vestidas de negro que miraban y solo hacían eso, mirar sentadas en la puerta de sus casas al atardecer. Los héroesengatusados por los limpiabotas, que igual limpiaban zapatos como agarraban la guitarra e interpretaban una rumbita por Peret, con el ingenio y la simpatía inmensa que proporciona la necesidad en esta tierra. Los reyesaconsejados por camareros que no hablaban inglés, pero se hacían entender y conseguían hacerles tomar lo que fuera. Aquellos camareros encantadores, tan morenos. Y tú tan celoso, Phil. Mi bendito Phil.

Vuelven precisos los recuerdos en forma de fotos. Llegan puntuales, con una exactitud dolorosa. Y aún así, ¿quién puede vivir sin ellos? Tú y yo en Las Ventas, sin toros, y John con sombrero cordobés. Después de los conciertos de The Beatles en las plazas de Madrid y Barcelona, tomamos la decisión. Si ellos habían logrado cantar en la España del Generalísimo, ya no podría pasarnos nada si nos quedábamos a vivir aquí. Empezamos a trabajar en Marbella. Nuestro estatus bajó de golpe. No era lo mismo gastar dinero en La Costa del Sol que estar obligados a ganarlo, por muy británicos que fuéramos. Traducciones ocasionales, camareros en restaurantes para extranjeros… ¿Y esta otra foto?… Qué apuestos y guapos estamos, ¿verdad, Phil? Con tu primer artículo publicado en Private Eye: “Marbella. Between the sky and the earth”, agosto de 1967, aquel artículo sobre las fiestas temáticasdel Marbella Club Hotel. Y mi primera traducción para la editorial Juventud, “El cumpleaños de la infanta”, un desesperanzado cuento de Oscar Wilde que le pareció simpáticoa la editorial por el protagonismo de una infantita española. Ya nunca nos faltó el trabajo. De madrugada, rendidos tras la jornada, nos sentábamos en el porche de aquella casita solitaria frente al mar. Hablábamos trenzando palabra con silencio porque necesitábamos limpiar nuestra conciencia en aquellas conversaciones. Limpiarla de lo que veíamos, de lo que escuchábamos. Marbella era más llanto que risa, y la palabra precisaba pausa y quietud para no dañarnos.

Fuimos testigos de la diversión desvergonzada y pantagruélica en el Marbella Club Hotel, otro palacio de dioses. Llorabas cuando volviste a casa la noche del caviar, aquella fiesta en que fletaron en la piscina una barca con 400 kilos de caviar. O aquella otra en la que acarrearon vacas hasta los jardines del hotel para recrear con realismo el tema de la noche, el Lejano Oeste. Marbella nos parecía un mundo distópico en Blanco y Negro y en Technicolor, en el que coexistía el argumento neorrealista de una España atrasada con el firmamento sicodélico que hacía experimentar el ácido. Dos ciudades, la de la pobreza sin alcantarillado y la del despilfarro a pie de playa, en las que chispeaban rutilantes estrellas a las que paseaban en burros para visitar y abrazar a niños sucios con caritas llenas de mocos, escondidos no se sabía dónde, pero que existían y allí estaban, intimidados por una insólita comitiva que después del abrazo y las fotos hacíanun picnic en la orilla del mar. Y los niños les miraban desde lejos, comprendiendo que acercarse no era su decisión, que detrás de una línea imaginaria había otra ciudad absurda de luz y extravagancia, pero tan real como las monedas que caían en sus manos.

En Marbella prosperaba La Ciudad, un inalcanzable universo de seres, conocido como Jet Set, que vivían en oasis con playa al mediodía, toros a las cinco y noches interminables de fiesta y tablaos. Allí sí había libertad sexual, escribiste con ironía en uno de tus artículos. No importaba que la fiesta terminara con un baño de decenas de personas desnudas en la piscina del hotel o en la playa, dependiendo de la exaltación desencadenada por las sustancias consumidas, porque nadie se atrevía a denunciar ni acabar con la gallina de los huevos de oro: el dinero circulando, las imprescindibles divisas, y la imagen ligera y divertida con la que el régimen de Franco se vendía en el extranjero. Y al otro lado de la frontera, como al otro lado del Río Grande, también estaba Marbella, la ciudad. Un pueblo humilde, que miraba estupefacto y agradecido cómo la tierra vieja que pisaba aquella gente ajena y estrafalaria refulgía de oro y se levantaba hacia el cielo en torres de poder y gloria.

Se lo decíamos a nuestros amigos de Liverpool y Londres. En aquella España no se distinguía la cultura hippie, ni pacifista, ni el feminismo. Si algo de eso existía, eran minúsculos retratos importados, notas de color en el estricto decorado negro sotana y verde oliva de la España oficial. Y a pesar de todo, brotaba otra España real que se abría paso con el turismo de sol y playa y bikini, con la clase media emergente, con los chicos y chicasyeyés-con-el-pelo-alborotado-y-las-medias-de-color, jóvenes optimistas y hedonistas que buscaban sus primeros besos furtivamente en guateques a toda luz. Recorrimos aquella España contradictoria de reinas por un díay de oficinistas pluriempleados para pagar la moderna trinidad frigo-lavadora-seiscientosfirmando letras a 30, 60 y 90; la España, también, de los trabajadores concienciados y los estudiantes, compartiendo ideales y celda, que se la jugaban desde la clandestinidad por mejorar el país, por libertad y por una democracia elemental. Pero de la contracultura que recorrió San Francisco y Berkeley, París y Londres, la de los derechos civiles y el antiautoritarismo, el feminismo, el pacifismo, el medio ambiente y “la imaginación al poder”, en aquella España de nuestro viaje solo vimos trazos superficiales confundidos con los festivos perfiles de la minifalda, el corte de pelo de la juventud yeyé y el pop de Los Bravos y Los Brincos.

Es muy tarde. Los recuerdos se amontonan en mi memoria. Como estas fotos de aquellos tenues y equívocos años sesenta que vivimos aquí, tan diferentes a la agitación que estaba conmocionando Norteamérica y Europa. Y a pesar de todo, maravillosos años.

Veo a Phil sobre mis piernas. No entiendo la gran mancha roja de su camiseta. Ni puedo borrarla de mis ojos.

Tras nuestro paseo, descansamos en la plaza de la iglesia de la Virgen del Rocío de San Pedro antes de tomar el autobús que nos devolverá a Marbella. Veo como sonríe cuando miramos a esos niños y niñas que, con sus padres, salen de la iglesia. Después oigo el chirrido de la moto y las detonaciones. Pienso que celebran las comuniones con petardos, hasta que reparo en ese hombre acribillado en el suelo, el traficante tras el cual iban por un ajuste de cuentas en esta guerra entre narcosen La Costa del Sol. Esta guerra cebada por lainculturadel exceso y derroche que tanto nos daña.

Le grito a Phil, lo zarandeo, pero está inmóvil en mi regazo, con un libro en la mano y una bala en el corazón. El daño colateral.

Ahora que eres recuerdo, siempre te veo desde aquel tiempo en que conseguimos vivirlo todo, los años sesenta en la Marbella que amamos.

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