A la hora que les lanzo este dardo seguramente no hay diana a la que apuntar. A esta hora, tras cinco días de retiro espiritual, deben saber si Pedro Sánchez sigue como presidente del Gobierno o si se ha bajado en marcha. Con la incógnita desvelada quizá sobra este dardo, nacido romo antes de lanzarse ¿O igual no, porque soy de la opinión de que lo importante no es lo que Sánchez haya anunciado hoy sino todo lo que ha ocurrido desde que comunicó al país, en una carta digital, que no era inmune al peso de la púrpura.
Por soportar el peso de la purpura se entiende que todo gobernante debe asumir que el poder no sólo es triunfo sino también toma de decisiones impopulares, controvertidas, audaces que le pueden granjear la crítica, la animadversión e incluso la maledicencia de los contrarios. Que quien manda no solo porta el manto púrpura sino también su carga. Un peso que, contadas veces, no se soporta ¿No merece la pena seguir de presidente cuando arrecia el temporal? ¿Mejor se tira la toalla?
Sánchez, un político que ha hecho de la resistencia su bandera, flaqueó cuando introdujeron a su mujer en el campo de batalla. Pedro dijo que por ahí no pasaba, que hasta aquí habíamos llegado, que a la familia no se la toca y dudó si merecía la pena seguir en Moncloa. Pero no tomó una decisión. Se auto otorgó un paréntesis de cinco días para decidir. En silencio, en un retiro personal, familiar y a puerta cerrada, una especie de sínodo con contados cardenales para resolver si la carga de la púrpura es o no asumible. Y así, sin más, dejó en suspenso a todo un país, atónito ante su duda existencial. Lo más interesante de este episodio no es lo que haya decidido. Que se vaya o se quede ayuda poco a digerir la hipérbole desatada. Que el presidente de Gobierno anuncie que le duele gobernar con este acoso, que igual abandona o igual no, que lo comunique en una carta atribulada a la población y no al Parlamento, y que se de unas noches para pensárselo con su mujer y la almohada resulta insólito. Y revelador, porque lo que ha ocurrido en estos días de incertidumbre nunca antes pasó en España.
Pedro Sánchez ha dejado a todo el mundo descolocado, pero sobre todo a su feligresía. A la derecha, la ultra derecha y a toda la Brunete mediático-judicial a la que el PSOE y sus socios culpan de una campaña infame de acoso y derribo, casi les da igual la decisión final. Están gozosos: les han regalado la duda, una flaqueza presidencial que ya no tiene remedio. Y la van a rentabilizar como quien ordeña una cabra en el desierto. Al PSOE, a los suyos, Sánchez tampoco les ha hecho ningún favor al forzarles a una sobreactuación desesperada, con absoluta ignorancia de lo que pasaba por la cabeza del presidente y, lo que parece definitivo, por su ánimo. No les ha dejado otra salida: «No te rindas», «¡Pedro, quédate, estamos contigo¡», y hasta «Por amor a la democracia» han sido las consignas. Sánchez, sea en un ardid calculado o no, sabía que movilizaría así a su gente, que desencadenaría este alud de adhesiones inquebrantables ¿Lo buscaba? ¿Ha dejado a su partido más cohesionado o más débil con su órdago?
Lo que parece claro es que, si había polarización política antes del anuncio, se ha avivado. Pero fíjense, quizá el efecto más perverso se ha producido en su casa. Tal ha sido la intensidad para convencer a Sánchez de que siga que hasta sus más fieles se han pasado de frenada. Apelar a los muertos en las cunetas, a quienes aguantaron el aliento de ETA en sus cogotes, a la lealtad histórica del partido, al “¡No pasarán!” dejaron al dubitativo presidente entre la espada y la pared. Estas adhesiones, si se fijan, han venido a decirle que abandonar es cosa de cobardes.
Pero en estos días de retiro espiritual, más que el peso de la púrpura, aquí se ha dirimido el peso de la duda. Tomada la decisión que haya tomado, quiera o no Sánchez, pasará a la historia —esa que tanto busca que le reconozca— como el presidente que pudo dudar más que reinar. Difícil borrar de su perfil político esta indecisión, este desconcierto. Menos aún el aquelarre desencadenado. Una duda así no habla mucho en su favor, aunque haya sido una duda existencial.
Miguel Nieto es periodista y miembro de Marbella Activa.
El Dardo en La Palabra es su colaboración semanal en Onda Cero Marbella.
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