
¿Explicar? ¿Informar? Alguien, digo yo, debería decir algo. Abrir la boca aunque solo sea para justificarse, para explicarnos qué grave enfermedad, cuanta desgracia, cuanta calamidad pesa sobre los árboles en Marbella. En su calles y en sus tierras. Porque, no les quepa la más mínima duda, hay demasiado burgomaestre empeñado en librarnos de una plaga de sombras moribundas. Mejor rematarlas. A la chita callando y al serrucho rugiendo. Alguien debería decirnos qué está pasando. Alguien debería ilustrarnos sobre la bondad de este despliegue de incesantes talas.
Los árboles caen sin remedio. Desaparecen en razias rápidas. A poco que te descuides, ya no están. Llegan sin avisar, los cortan sin atender a razones ni protestas, los cargan y a saber dónde terminan. Siegan las calles y los terrenos litorales, con sus pinos y sus matorrales. Se los llevan por delante. Con suerte, los reponen. ¿Pero qué ocurre de veras? En la avenida Antonio Belón han caído los del primer tramo. Como antaño. ¿Enfermos? ¿O quizá, secos? Sombra daban alguna ¿Se han cargado los primigenios? No, que va. Esta calle, como Miguel Cano y Finlandia, fue devastada siguiendo los pasos de Gil. Arrasaron con los plátanos que mi bisabuela vio crecer. Fueron tiempos terribles. No había árbol sano en todo el municipio. Toda sombra era sospechosa. Los que ahora han tajado tenían, a lo tonto a lo tonto, más de 30 años. Barrenan los tocones y plantan alfeñiques que igual tardan lo mismo en ofrecer tan escasa sombra, estrangulados en los mismos diminutos alcorques. Asfixiados, de nuevo. ¿Correrán la misma suerte los del resto de la calle? ¿Cómo los caídos en el Capricho? ¿Cómo los peligrosos de Nagüeles, allí cerca de los accesos a la cantera de las estrellas? ¿Como todos los del Trapiche? ¿Alguien debería darse por aludido?
En Las Chapas, la enfermedad del bosque tiene carácter de epidemia. Han caído más de un centenar de árboles —«¡Qué me va usted a decir a usted mí, estimado vecino y contribuyente, si lo sabré yo!»— que agonizaban sin remedio. Mejor darles una muerte digna y desbrozarlo todo, rasado y rasurado, que quede limpito de pinchos, hongos, bacterias y hasta procesionarias. Además, evitamos incendios. Eso sí, aquí no hay atisbo de que vayan a reponerlos. Bueno, algo de verde repondrán con los jardines y parterres de las casas y apartamentos que se construyen. A mogollón. Edificios tumbados. Con prisa, que me los quitan de las manos a 1,6 millones de euros. Un grupo de vecinos denuncia y recoge firmas, pero la tala sigue. Critican la masificación de toda la zona. Que se la cargan. ¿Servirán de algo los escritos desolados ante la Junta de Andalucía, la Unión Europea y el propio Ayuntamiento, que está otorgando las licencias? Alguien debería contestar. Algo plausible.
Y todo esto ocurre cuando en su informe sobre del estado de las costas españolas Greenpeace pone a Marbella como ejemplo destacado de la aniquilacion del litoral. Tenemos urbanizado el noventa por ciento de los primeros quinientos metros cercanos al mar. Greenpeace, se dice pronto, que viene a sumarse a las continuas denuncias y advertencias que desde, por ejemplo, Ecologistas en Acción, Marbella Activa y Pinsapo, han alertado y documentado un atropello tras otro. Durante muchos años. En
La Víbora existía una duna monumental a la que Gil y GIL metió retro pala. Logramos salvar la mitad. Con este gobierno municipal dejó de existir. Está urbanizada. Greenpeace advierte en su informe de «la destrucción irreversible de los últimos sistemas dunares» de Marbella, con 300.000 metros cuadrados de construcción previstos. Habla de El Barronal. Habla del mismo proyecto hotelero que el propio Ayuntamiento exaltó como una solución exquisita y de ringorrango para salvar y conservar el sistema dunar. A toda plana, reflejado en los principales medios de comunicación. Justo los medios que no han dedicado ni una línea, ni una palabra, a la queja de los vecinos, que no saben bien la que se les viene encima con este urbanismo bravucón. Tampoco, se vayan a creer, han dado relevancia a la denuncia de Greenpeace. Y eso que nos sacaba los colores a nivel nacional. ¿Qué ha sido del periodismo vigilante? ¿En qué hemos quedado? Los periódicos replican, como a ciclostil, los comunicados municipales, que se vanaglorian de los porcentajes de las obras. ¿Cuñas publicitarias para blasonar de que la pista de atletismo de Nueva Andalucía está al 20 por ciento? Bueno, ya al 30 por ciento. Claro. Bienvenidas sean. ¿O para bombardear con que la residencia de ancianos del Trapiche del Prado estaría finalizada en junio hasta que, bueno, verán, que va a ser el año que viene? Privatizada, para más señas. Faltaría más. Construyendo futuro, dice el eslogan. Ovación y silencios.
Han pasado los años y los gobiernos, y parece que poco cambia. Los desmanes se recubren con una pátina de legalidad y las macetas lucen más turquesas que nunca. Los parterres, más floridos. Salvar la Alameda constituyó una heroicidad. Con la plaza de Los Naranjos, el restaurante central, hubo menos suerte. Arreglan las losetas reventadas en Ricardo Soriano y nos dicen que están «revitalizando» el acerado. Un plan integral para resucitar la Avenida, y la hilera de fuentes que daba algo de frescor y alegría a un espacio achicharrado muta en jardineras. El agua se filtra al aparcamiento y, por lo que se ve, no encontraron solución alguna. Ni al tono mugriento de la solería de lo que fue jardín en el faro. Nada más colocarla, se oscureció. Estuvieron semanas aspirando, lecheando, puliendo, abrillantando la solería como si fuera el mármol de un ministerio, pero ahí ha quedado, como sucio. Aquí alguien sí dijo algo. Según un cartel oficial, ha experimentado un proceso de «envejecimiento» ¿Quién quiere una losa nueva y brillante cuando la podemos envejecer adrede?
Cuando asesinaban las sombras de la avenida del Trapiche, se convocó una manifestación a la que acudieron un puñado de personas. Nadie se sorprendió de que fueran pocas. Lo normal. No tanto que los vecinos a los que les estaban talando la arboleda se asomaran a los balcones solo a curiosear. Ahora en la otra punta del término municipal, otros vecinos, miran a través de una malla de obra como arrasan otra arboleda. Apenas les da tiempo a tomar fotos lejanas de los camiones cargando los árboles talados. También son pocos. Los vecinos, no los árboles. Impotencia desde la lejanía. Dicen que los van a recibir. Deberían. La conversión en centro hotelero de la Ciudad Residencial es capítulo aparte. Está en los tribunales. A saber qué dirán.
En este pueblo, por lo que se ve, siempre hemos sido pocos. En casi todo, pero sobre todo en plantar cara. Ejercer de ciudadano es un oficio en peligro de extinción en la ciudad de las ocasiones perdidas, que va camino de convertirse en la ciudad de las ocasiones frustradas. O de las conciencias aleladas. Alguien debería, sí, darse por aludido. O, al menos, interpelado. Concernido quizá sea mucho pedir.
Miguel Nieto es periodista, escritor y miembro de Marbella Activa.



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